¿Por dónde empiezo?

Antes de nada…

Antes de empezar cualquier proyecto de investigación, hay que tener una idea más o menos clara de lo que uno quiere conseguir. Saber cuáles son tus objetivos será crucial a la hora de encauzar tu búsqueda. De lo contrario, pronto te verás abrumad@ por la gran cantidad de datos que acabarás consiguiendo.

Aunque hay un sinfín de razones por las que uno quiera investigar sus raíces, aquí te proponemos algunas de las más comunes:

  • Conocer el origen de uno de nuestros apellidos, o el de algún antepasado
  • Averiguar el origen geográfico de una línea familiar específica
  • Saber quiénes y de dónde eran nuestros antepasados por todas las líneas
  • Probar documentalmente nuestro parentesco con una persona concreta

¿Qué sabes?

Es muy tentador querer tener un árbol genealógico listo en poco tiempo, pero para poder realizar una investigación de calidad (y, sobre todo, sin errores), hay que empezar por el principio. Y eso significa plantearse una pregunta muy simple: ¿Qué sé ya sobre mi familia?

Puede parecer una pregunta de fácil respuesta, pero pronto empezarán a surgir dudas: el tío Pepe, ¿era hermano de la abuela, o del abuelo? ¿Cuántos hijos tuvo la tía María? ¿A qué se dedicaba mi padre de joven? ¿Cómo se conocieron los abuelos?

Ármate con papel y lápiz (y una goma, porque seguramente te equivoques en algún momento) y anota las respuestas a aquellas preguntas que sepas (o que crees que sepas).

Pregúntale a tu familia

El siguiente paso será cotejar la información con lo que te pueda brindar tu familia. Si puedes, coméntales tus respuestas a los mayores de tu familia, y anota posibles correcciones o datos adicionales que desconocieses.

Acto seguido, plantéales a tus parientes más cercanos las dudas que puedas tener sobre ellos mismos, o bien sobre sus padres, sus hermanos, sus abuelos… Por ejemplo, asegúrate de que sabes dónde y cuándo nacieron tus padres y abuelos, si tenían hermanos (no sólo cuántos, sino sus nombres, en qué orden nacieron, y qué fue de ellos), a qué se dedicaban sus padres, si estuvieron casados en más de una ocasión, de qué fallecieron, si llegaron a conocer a sus abuelos…

Recuerda anotar todo lo que puedas, sirviéndote si es necesario de otros soportes (grabadoras, teléfonos móviles…) para que no se te escape ningún detalle importante. No olvides mencionar quién te está aportando dicho testimonio, así como la fecha, pues serán referencias útiles para el futuro.

¿Y ahora, qué?

Aunque nunca llegaremos a agotar el recurso de información oral que es nuestra familia, tarde o temprano no nos quedará más remedio que recurrir a las fuentes documentales. Éstas pueden consistir en todo tipo de recursos, desde un DNI caducado a un vídeo casero de una celebración familiar. Seguramente en tu casa (o en la de algún pariente cercano) haya una gran cantidad de fuentes que te ayudarán a ir reconstruyendo documentalmente los datos que acabas de recopilar.

Es bastante normal que en muchas casas se conserven libros de familia, certificaciones de actas de nacimiento, copias de testamentos, recordatorios de una primera comunión, álbumes de fotos, invitaciones de boda, postales, esquelas… Cada uno de ellos contendrá infinidad de datos sobre nuestra familia y otros parientes más lejanos.

Si los documentos no son tuyos, pídele con amabilidad al propietario si puedes hacer copias, o, si no los quieres, si tendrían inconveniente en cedértelos. Cuida con mucho cariño todo documento familiar: tu archivo familiar no ha hecho más que empezar.

Otras fuentes

Dependiendo de cómo vayamos a enfocar nuestra investigación, habrá ciertas fuentes que nos serán esenciales para poder indagar en profundidad. Recuerda que la tradicional oral no es suficiente prueba para poder corroborar un hecho: necesitas demostrar fehacientemente que un hecho tuvo lugar, tal y como afirman otras fuentes, tanto orales como escritas. También es importante recordar que, porque hayamos encontrado algo por escrito, no significa que esa fuente sea correcta: después de todo, el error humano era tan común en el pasado como lo es hoy en día.

Intenta cotejar los datos que vayas encontrando con otras fuentes a tu alcance. No te contentes con una partida de bautismo expedida por la Iglesia si también puedes conseguir una certificación literal del acta de nacimiento al Registro Civil, pues seguramente uno y otro documento contengan datos distintos, e incluso ocasionalmente contradictorios.

Existe una gran variedad de fuentes a las que te tendrás que ir refiriendo a medida que avances en tu investigación. Hay muchas páginas web que pueden servirte de guía a la hora de localizar documentación específica, pero no debería sorprenderte que no todo está online; de hecho, hay muchísimas fuentes que a día de hoy sólo existen en soporte papel y que por lo tanto únicamente pueden ser consultadas in situ en un archivo.

Los archivos son la fuente por excelencia a la que un investigador deberá recurrir para encontrar un dato concreto. Hay infinidad de archivos a nuestro alcance: desde archivos de la administración, hasta archivos militares, notariales, de emigración… No hay que olvidar los registros parroquiales que durante siglos ha creado y mantenido la Iglesia Católica, guardiana durante siglos de la información civil y espiritual de nuestros ancestros. Y, por supuesto, hemos de mencionar también el Registro Civil actual (creado en España a nivel nacional en 1870 y que entró en vigor en 1871, sustituyendo así al Registro Civil que existió en algunas localidades a partir de 1841).

¡Y acuérdate!

Siempre, siempre, SIEMPRE anota la fuente donde hayas conseguido un dato, por muy obvio que te parezca. Es sumamente fácil verse desbordado por un puñado de documentos, así que a medida que vayas engordando tu archivo familiar, toma nota del lugar (o contacto) a través del cual hayas conseguido cada documento.