En genealogía, ¡huye siempre de las suposiciones!

Es una premisa que nunca está de más recordar. Incluso los investigadores más veteranos ocasionalmente cometemos involuntariamente el error (a veces el gravísimo error) de presuponer un hecho sólo porque éste sea una posible solución, o incluso la solución más probable. Pero en genealogía, por mucho que nos pese, las probabilidades no valen, y mucho menos pueden sustituir una realidad o un hecho.

La genealogía no es una ciencia – o al menos, no es una ciencia exacta. Pero no por ello significa que podamos basarnos en meras probabilidades: debemos, en la medida de lo posible, ceñirnos a los hechos, a lo empíricamente demostrable, a lo que podamos respaldar con pruebas documentales (archivos) o científicas (ADN). Por ejemplo: simplemente porque un documento afirme que el padre de nuestro antepasado Ramón se llamaba José no significa que el padre de Ramón se llamara José: a lo mejor la fuente que hemos consultado está equivocada; quizá se anotó José por despiste, y realmente se llamaba de otra forma. O a lo mejor ese dato lo hemos extraído de una lista de pasajeros de cuando Ramón emigró a otro país, y afirmó que su padre se llamaba José cuando, ¡quién sabe! a lo mejor se llamaba de otra forma, o a lo mejor no estaba seguro de quién era su padre, o incluso no tenía padre reconocido…

Por eso en genealogía es importante respaldar un hecho con más de una fuente, y nunca debemos dar algo por sentado hasta que no hayamos cotejado los datos que tenemos. ¿Existen contradicciones entre las fuentes? ¿O quizá nos hemos equivocado, y las fuentes hacen alusión a dos personas de idéntico nombre? Claramente en el mismo pueblo o vecindario podían coexistir varias personas de nombre idéntico o similar.

Es frecuente que en foros de genealogía se observen comentarios en los que los foreros hayan “calculado” que los progenitores de un individuo al que buscan nacieron 25 años antes que su hijo. Esto se debe a que, de media (aunque aquí, de nuevo, habría que analizar el momento y el lugar del que se esté hablando para poder hacer semejante aseveración) se suele decir que un salto generacional tiene lugar cada 25 años. Lógicamente, en la mayor parte de los casos esto variará según nos refiramos al hijo mayor o al menor. Claramente una persona que tuvo a su primer vástago con 25 años no tenía la misma edad cuando tuvo a su décimo hijo. En resumen: la regla de los 25 años sólo puede ser tomada de forma muy orientativa.

Es frecuente que hoy en día se comparta información genealógica por doquier: redes sociales, foros, y naturalmente árboles genealógicos online. El peligro de estas prácticas es, naturalmente, que compartamos hechos sin aportar pruebas ni fuentes. Supongamos, por ejemplo, que compartimos nuestro árbol con un pariente, en el que se afirme que nuestra antepasada María nació en torno a 1675 simplemente porque tuvo un hijo en 1700. ¿Qué pruebas tenemos para afirmar algo de forma tan categórica? ¿Acaso no es posible que María hubiese nacido en 1755 – 20 años antes de la fecha que le hemos adjudicado sin ningún tipo de fundamento documental – o incluso en 1685, y que hubiese alumbrado a su hijo en cualquier momento dentro de esa amplia franja de 30 años? No sólo eso: ¿cómo vamos nosotros a evitar que quienes vean o accedan o incluso hereden nuestro árbol genealógico sepan que 1675 no es más que una simple posibilidad entre treinta y pico posibilidades? Insisto: mucho cuidado con dar por sentado un hecho sin tener pruebas específicas o al menos claramente indicativas. A veces dejar un año de nacimiento en blanco será de más ayuda que uno asumido, erróneo o falso.

A modo de ejemplo, voy a aportar un caso muy real. Durante años me resultó imposible encontrar la partida de bautismo de mi antepasado José Benito. Sabía que había fallecido en 1850, aunque la partida de enterramiento no especificaba su edad. También sabía por su partida de matrimonio que ya era viudo cuando se casó con mi antepasada Joaquina en 1837. Joaquina había nacido en 1816, pero del bautismo de su marido no había ni rastro. Sólo fue cuando encontré la partida de matrimonio de José Benito y su primera mujer, celebrado en 1817, que comprendí que José Benito tenía que ser forzosamente bastante mayor que su segunda esposa. Remontándome años atrás pude finalmente encontrar la fe de bautismo, fechada en 1783, o lo que es lo mismo, casi 30 años antes de la fecha en la que había asumido que había nacido. En resumidas cuentas, José Benito resultó tener la misma edad que sus suegros, no que su segunda esposa. ¿Cómo podría yo justificar, sin pruebas a las que atenerme, que José Benito había nacido “25 años” antes que sus hijos, cuando la realidad me ha demostrado que realmente superaba los 50?

Insisto: en genealogía, las suposiciones no son válidas, y salvo que tengamos un documento (o mejor, varios documentos) que indiquen un dato concreto, es mejor dejar ese dato en blanco a arriesgarse a caer en una posible trampa ancestral.

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